¿Es musical la sociedad
española?
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Luis G. Iberni
Ahora que se acercan las elecciones a las Cortes Españolas
está bien preguntarse por cuál es el lugar que la música
ocupa en la sensibilidad política que, en alguna
medida, establece un vínculo estrecho con la
sensibilidad social hacia un determinado tema. España
todavía está lejos de organizar sus infraestructuras
culturales, por lo que la música, como arte mucho más
costoso que los demás, soporta peor las deficiencias de
tantos años -los del franquismo y otros muchos
anteriores- de mirar hacia otro lado. Si se compara la
realidad actual con la de hace 20 años, se ha producido
un cambio importante, aunque todavía estemos lejos de
los parámetros europeos.
La música -y no digamos la danza, a la que dedicaremos
otro espacio en breve- no ha recibido apoyo público más
que en dos etapas de nuestra historia: la II República
y los años de la democracia. En el primer caso, ya
sabemos cuánto dio de sí y en el segundo, gracias a
los buenos hados constitucionales, todavía nos
beneficiamos de ello. En el resto, todo ha sido muy
limitado cuando no desastroso. Nunca tuvimos un Luis XIV
con Lully o un Luis II de Baviera con Wagner. En España
las orquestas nacieron tarde y, en muchas ocasiones,
mal. Los teatros líricos han ido a trancas y barrancas
-ahí está la triste evolución del Real para
constatarlo-, los conservatorios no fueron tomados en
serio hasta hace cuatro días, la Universidad prescindió
de la música como materia hasta no más de dos décadas.
Los colegios -temblemos con la reforma que viene- la han
tenido como «maría» que, durante bastantes años, fue
impartida por profesores reciclados de ámbitos
insospechados.
¿El resultado? Un desprecio olímpico que se manifiesta
en miles de detalles. Me atrevo a comentar algunos.
Aznar, que es un hombre medianamente culto, ha debido de
ir a cuatro espectáculos musicales, si llega, en dos
legislaturas. Más vergonzoso es el caso de Pilar del
Castillo, ministra de Cultura, que no se ha dignado ir
nunca a un teatro, como es el de la Zarzuela, que
depende de ella. Eso sí, no tuvo inconveniente en ir al
estreno de Cats. Dudo que se haya dejado caer por la
Orquesta Nacional, que también es suya. Así se
comprende que en la reforma, enésima, de las enseñanzas
básicas y medias, la música ocupe el último de los
postreros lugares. Y, encima, con protestas políticas
contadas. Esto, que en otros países sería un escándalo,
aquí queda en un segundo plano.
Los medios de comunicación tampoco atienden
adecuadamente este ámbito, con la contada excepción de
LA NUEVA ESPAÑA, posiblemente el periódico que más
espacio dedica a temas culturales, y desde luego a los
musicales, de toda España. Cosa que le honra. Se le
puede echar un vistazo a las críticas de discos de
algunos suplementos de cultura. «Babelia», en «El País»,
el periódico más leído de España, no tiene
inconveniente en que a un libro se le asigne una página
entera o, incluso, dos. A un disco, por importante que
pueda ser, como mucho 16 líneas. En el caso del «Blanco
y Negro Cultural», del «Abc», la proporción algo
menos, y un poco más grande en «El Cultural» de «El
Mundo». ¿Es menos importante un disco que un libro
para que su contenido resulte anecdótico? Depende.
Desde luego no creo que obras como Boris Godunov, Don
Giovanni o la Tetralogía lo sean. Asignar un espacio
tan ridículo, concede, a priori al comentario muy poco
valor.
El pasado lunes, Federico Jiménez Losantos, persona en
principio muy leída y con sólido bagaje cultural, decía
en su ansia por darle caña al PSOE en la COPE que cómo
iban a tener un Iva mínimo los discos. Antes de que uno
se pregunte, ¿y por qué no? Apostillaba que si eso era
para subvencionar a Operación triunfo.
Comparativamente, se me ocurren muchos escritores que
están en un nivel comparable y, sin embargo, el libro
goza de mejor trato fiscal. Es un problema de
principios, no de nombres.
Más allá de algún que otro programa despistado, la
aportación que realizan las radios -más allá de Radio
Clásica, Radio 3 y las fórmula que merecerían su
correspondiente espacio- resulta mínima, como mucho,
para decir que algo hay. El ejemplo de las televisiones
es más difícil de digerir. A veces, uno sospecha que
los programas dedicados a la música más comercial, que
suelen batallar los sábados por la mañana, van
enfocados a espectadores zombis que han vivido una noche
de viernes toledana.
Cuando aparecen en los informativos algunas imágenes
musicales, que al final de los telediarios dan un color
exótico, con los comentarios que las subrayan, como decía
mi abuela, «tiembla el Misterio» y no digamos cuando
el protagonista es un personaje extranjero de nombre
impronunciable. En bastantes ocasiones, a la hora de
valorar lo que pasa cada día, resulta que lo más
destacado es un acontecimiento musical: ¿por qué no
puede ir en la cabecera? Por prejuicios. Como no haya
Eurovisión de por medio o tengamos una princesa que
pueda presentarse en el teatro Real, ni por casualidad.
Eso sí, al final, para acabar, cualquier cosa vale. Una
llamada oportuna a un amigo con influencias hace
milagros.
Sin embargo, la sensibilidad de los españoles hacia la
música ha tenido, cuando se ha tejido la
correspondiente red, una respuesta espectacular. Nuestra
zarzuela es un ejemplo sin igual. Y los cantautores, que
han dado una colección de nombres difícilmente
igualable.
Las sociedades filarmónicas, a principios del XX,
vivieron una expansión llamativa, lo mismo que los
conjuntos corales. El folclore español -todavía vivo,
aunque cada vez más débil- ha sido uno de los más
ricos, lo mismo que nuestra música religiosa, hasta la
desamortización. De ahí la importancia y la
responsabilidad que tienen los poderes públicos a
beneficio de una música que, en muchos aspectos y pese
a su aparente vitalidad, todavía pende de hilos muy
finos. |
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